martes, marzo 11, 2008

Paternalismo

Mal.

He sido y sigo siendo bastante parternalista con la gente que me importa. De alguna manera, y como he comentado otras veces en este blog, tiendo a intentar proteger o cuando menos aconsejar a mis amigos. Es algo normal o lo sería si se quedase simplemente en eso, pero es que tiendo a ir más allá cuanto más profunda es la relación. Imagino que la tendencia también es normal, pero por desgracia también es destructiva si se lleva demasiado lejos.

El paternalismo es un sentimiento amable para con uno mismo. Se siente una especie de calor en el pecho y se tiene la sensación de estar en posesión de una verdad superior, más valiosa o cuando menos más completa que el sujeto paciente. Te coloca por encima de él y aunque la intención sea buena, que la mayor parte de las veces lo es, al final es algo que se carga las relaciones sea del tipo que sean.

Es complicado no caer en el paternalismo en según que situaciones. En algunos casos como el de una madre o un padre con sus hijos es algo natural y deseable, pero son las relaciones entre iguales las que se desequilibran sin remedio cuando una de las partes se sube a la chepa a la otra y la otra se deja. Y algo desequilibrado es algo destinado a fracasar a corto plazo. Y si hay suerte a desaparecer. La peor de las situaciones es cuando se da el fracaso pero no la desaparición.

Esto puede parecer farragoso y poco aplicable pero no lo es tanto. La relación más importante que he tenido desapareció hace seis meses y uno de los errores más profundos y destructivos que cometí fue precisamente el de excederme en mis funciones como pareja y compañero. Ha habido otros pero ese es el de mayor enjundia porque las actitudes están en la base, y si la base está inclinada el castillo se cae.

Ella necesitaba sentirse segura, sí. Pero yo también. Y me equivoqué en el camino que escogí para sentirme seguro. El paternalismo es autofelación por la inyección que supone para el ego pero también encierra un profundo sentimiento de inseguridad, como todos los buffs al Yo.

Insisto, todo esto enmarcado dentro del cuadro de una relación profunda. El paternalismo superficial entre colegas puede no estar de más, pero la huella que deja no dura y la carga del consejo y la intencionalidad tienen más peso que el hecho de un momentaneo desequilibrio de la balanza. Pero también se pueden dar consejos y proteger sin colocarse por encima.

Conclusión. Paternalismo. Dos puntos. Mal.

Y tendremos que morirnos al final

Tengo mucha suerte de vivir en el siglo XXI. En serio. Nunca ha tenido el ser humano tantas y mejores posibilidades para hacerse a sí mismo como un ciudadano de a pie de occidente en esta época. La cultura, aunque oculta entre toneladas de basura regurgitada por la televisión y otros medios, está accesible para quien esté realmente interesado en ella. Hay herramientas para modificar el cuerpo y la mente, para dominar las emociones. Soplan aires de libertad. Somos más amos de nosotros mismos que en cualquier momento del pasado.

¿Y qué estamos haciendo con ello?

Tener una educación que da pena, unas aspiraciones que no van más allá de llegar a la noche y encender la tele, una clase política idiotizada e idiotizante, una sociedad que se contrae sobre sí misma orgullosa de sus logros en vez de mirar hacia arriba, hacia las cumbres. Mujeres que siguen siendo asesinadas por sus maridos, maridos que siguen sangrando ante los abusos de sus esposas y de los abogados de éstas, hijos que nunca entenderán la razón de tanta sinrazón, hermanos del dolor, primos-hermanos de la necesidad que decía Sabina. Inmigrantes que se encuentran con miradas de asco y reprobación en cualquier autobús, mujeres que intentan correr sobre tacones, se chocan contra el mundo y culpan a éste de su caida. Pena y dolor. La infame condición humana sale cada día a pasear en este mundo edulcorado y pintado a medias de un rosa apagado.

Todo esto anterior da una idea de algo que para mí es cristalino, y es que tenemos mucho que olvidar si queremos que el futuro traiga algo que merezca la pena. Pero olvidar de verdad, no dejar de recordar. ¿Y cómo se come eso?

Hace poco leía en una columna del Capitán algo que me removía por dentro. Se trataba del relato que hacía sobre una recreación histórica de la batalla de Tudela hecha por asociaciones francesas y españolas. Fue una batalla cruenta como todas entre el ejército napoleónico y los regulares españoles. De eso hace ya dos siglos. Pero lo relevante del asunto es que en esa batalla, conmemorada como algo importante, los que perdieron fueron los españoles; y no importa, porque ese odio que impulsaba a nuestro compatriotas a acuchillar a cualquiera que fuera o pareciera francés sencillamente ya no está. Queda el orgullo de saber que hubo gente que peleó con bravura y se dejó la vida en aquel campo por defender lo que era suyo, pero no odio. Sí, los de enfrente resulta que eran franceses pero eso ya no importa.

Tal vez dentro de dos centurias, aquellos que vivan aquí, los descendientes de unos y otros, exista o no exista esta corrala, sonrían conciliadores. Tal vez el genial Carl Sagan tenía razón cuando decía que el motor de la evolución son el sexo y la muerte. El sexo para intercambiar material genético y perpetuar las especies, y la muerte sencillamente para dejar sitio a las nuevas.

Sí, es simple. Tendremos que morirnos para que ese saco de lágrimas y frustraciones que llevamos a la chepa muera con nosotros. Dejaremos espacio vacío y lo que venga a ocuparlo ya será responsabilidad de los que vengan. Y a algunos, los menos, tal vez se los recuerde por sus buenas acciones, actos que harán de éste un mundo mejor para nuestro hijos, y los hijos de nuestro hijos. No estaremos para verlo, pero es lo que toca.

miércoles, marzo 05, 2008

Sueños

Tener sueños me sienta bien. Recordarlos quiero decir, supongo que tenerlos los tengo siempre. Me ayudan a tener una especie de percepción de continuidad entre un día y otro.

Parte de los problemas que tengo beben de una especie de incapacidad mental mía, y que me hace introducir pausas continuamente en mi pensamiento. Pausas, muchas pausas. Rara es la vez que consigo articular algo de una vez, sin pararme y sin tener que volver a centrarme en ello. Es frustrante, algo así como ir metiendo el freno de mano cada tres segundos sin dejar de tener pisado el acelerador. Así, a trompicones, avanzo poco a poco por la vida.

No soy rápido mentalmente. De pequeño lo era, pero luego me fue pudiendo la pereza. Estoy intentando volver a ponerme en forma en todos los sentidos.

Ahora se me acaba de ocurrir que en el colegio algunos profesores me decían que ponía demasiadas comas al redactar. Lo sigo haciendo pero ahora soy consciente de ello e intento ponerle remedio. Puedo. Tengo capacidad para ello. He hecho cosas antes, he vuelto a aprender cosas que ya sabía, he cogido el toro por los cuernos varias veces. Puedo. Lo de las comas y el resto. Puedo.

Nunca me he conformado con nada referente a mí mismo. No voy a hacerlo ahora pensando que es que no doy más de mí. Daré más, tengo que dar más, mucho más. Mi cerebro tendrá que aprender a desoxidarse y a ser versátil. Vamos.

Hacerse mayor

No mola hacerse mayor. De repente todos los problemas pesan más, la flexibilidad se pierde, la respiración se va haciendo cada vez más costosa. La sentencia "no merece la pena el esfuerzo, total... ¿para qué?" coge fuerza y va convirtiendo en el pan de cada día conforme el cinismo gana terreno frente a la inocencia.

Es posible que el truco consista en pillar experiencia sin caer al mismo tiempo en la espiral descendente que es hacerse mayor.

La vida es un asco. Sí. Entre otras muchas cosas.